lunes, diciembre 04, 2006

LAS TRES MORISCAS

Noche oscura de lluvias, viento y frío. El agua de los tejados, al caer desde el alero, golpeaba ruidosamente el suelo. El viento, furioso, afilaba sus silbos en las copas de los árboles. La oscuridad de la noche envolvía los parajes de Trasierra. En la chimenea ardían ramas y secos troncos de encinas. Junto a la lumbre, en semicírculo, los niños y la abuela. Los niños, expectantes y silenciosos, dialogaban con las miradas. La abuela, ensimismada, de sobrenombre CUENTACUENTOS, contemplaba el chisporroteo de las hojarascas.
El pastoso silencio fue roto por el crujir de una silla. CUENTACUENTOS se había removido en el asiento. Sacó sus manos de los bolsillos del mandil, levantó la cabeza, abrió su mano diestra y con voz dulce y misteriosa dijo: “¡Niños, escuchad, esta noche toca el cuento de las tres moriscas!”
Érase un pueblo, asentado sobre la falda de la sierra, en la solana, que, antes de la abominable orden de destierro, tenía más moriscos que cristianos viejos. Llegó la orden de expulsión y todos los moriscos abandonaron sus hogares, camino del destierro. Pero tres moriscas jóvenes, decididas, rebeldes e independientes, huyeron a la sierra, refugiándose en la maleza y salvándose del destierro. No querían abandonar el lugar donde habían nacido ellas y sus antepasados.
Los abrigos de La Sillá, lugar de pinturas rupestres, por parajes de Los Corraletes, próximos a la fuente de Los Moros, sirvieron de alojamiento a las tres moriscas. El pueblo supo de su existencia, pero en su indolente misericordia prefirió ignorarlas.
Cuando pasaron los años, corrió la noticia de que en las noches claras de luna llena se oían conversaciones y risas confundidas con los borbotones del agua de la fuente. Cuéntase, decía la abuela que decía su bisabuela, que un leñador, al filo del alba, cuando llenaba el botijo, zambulléndolo en el agua, vio los rostros de las tres jóvenes moriscas que reían y susurraban en el espejo cristalino. Al leñador lo encontraron muerto a la orilla de la fuente en la siguiente luna, con los ojos cerrados como en un dulce sueño y una leve sonrisa en los labios. Dicen que murió de amores inalcanzables. La autopsia no pudo descifrar la causa del fallecimiento, corriéndose la voz que sería cosa de brujería, razón por la cual el cura del pueblo le negó cristiana sepultura.
Pero también decía la bisabuela, narraba la abuela CUENTACUENTOS, con voz embriagada de misterio, que, pasados los años, un morisco, llamado Ricote, regresó para recoger las joyas que sus abuelos habían dejado enterradas en los abrigos de La Sillá y declaró que tal leyenda se conocía entre los descendientes de los moriscos desterrados, asentados en las costas de Salé y que las risas que se oían en las noches claras de plenilunio pertenecían a las ánimas de las moriscas Fátima, Zoraida y Mairén, que renunciaron al paraíso para gozar eternamente de su patria fornacense.

Manuel Acedo Guerrero
Talavera, 11-01-2006