domingo, mayo 01, 2016

EL CRISTO FILIPINO DEL CONVENTO DE CARMELITAS DE TALAVERA LA REAL




LOS MARFILES HISPANOS- FILIPINOS. EL ARTE EBORARIO
En 1565 los españoles llegaron a Filipinas y empezaron  a comercializar con los mercaderes chinos, mostrándoles para realizar las tallas grabados europeos, de tal forma que los primeros marfiles procedían directamente de China, hasta que se fue  configurando la colonia china de Manila, los conocidos como sangleyes, que iniciaron la producción de objetos denominados marfiles hispano-filipinos. 
La influencia de la Iglesia en Filipinas se extiende también al mundo del arte, cuya expresión más característica es, sin duda, la eboraria. Este arte eboraria (arte específico de tallar el marfil, trabajado con instrumentos similares a los utilizados por los carpinteros) se desarrolló durante el periodo de permanencia de los españoles en Filipinas (1565-1898).
Las piezas de marfil elaboradas  en el  siglo XVI se caracterizan por el fuerte orientalismo de los rasgos, el esquematismo de las anatomías y el gran tamaño de las piezas. Las del siglo XVII están mejor elaboradas alcanzando mayor calidad. En el siglo XVIII  junto con una persistencia de tipos, se da el desprecio anatómico que vino acompañado por una pérdida de calidad en las obras.
Los tipos representados en marfil son por lo general de carácter religioso, especialmente imágenes de Cristo en la Cruz, de la Virgen María y Niño Jesús. Estas esculturas habrían servido en buena manera a las tareas de evangelización de los misioneros, dado que la catequesis no se concibe sin imágenes. 

LOS MODELOS DE CRISTOS HISPANOS FILIPINOS
La temática que se representa en estas piezas de marfil hispano-filipinas, está íntimamente relacionada con la iconografía cristiana. El crucificado es la principal de ella, ya que es el eje de la fe católica: Cristo en la Cruz es la manifestación tangible del amor total de Dios por el hombre.
La mitad del total de marfiles hispano-filipinos corresponden a imágenes de Cristo crucificado moribundos o Cristo crucificado expirantes. 

Grabado utilizado por los artistas filipinos como modelo para los cristos de marfil.

El modelo de  Cristo moribundo o muerto, representan a Cristo con la cabeza baja y sin corona de espinas,  inclinada frecuentemente al lado derecho, también muy abundantes en la eboraria filipina, habitualmente  de talla fina y delicada,  más delgada que los expirantes y un desnudo más tenue.
Mientras el   modelo de Cristo expirante simboliza  al Cristo vivo que  alza su cabeza  y exclama: Dios mío ¿por qué me has abandonado? ya que se encuentra en su último aliento vital. La expresión es común en la tipología de  estos Cristos, con la cabeza hacia arriba y la boca entreabierta, con gruesa corona de espinas. 
Del rostro hay que resaltar que la europeización de los rasgos es común en los Cristos expirantes de la época, a diferencia de los moribundos con rasgos más orientales.

LOS CHINOS SANGLEYES  Y EL PARIÁN DE MANILA
Los chinos que emigraron a Filipinas eran conocidos como sangleyes “artistas de todos los oficios”. El término se interpreta de la expresión china shanglai “los venidos a comerciar”.
Muy pronto los sangleyes comenzaron a tomar referentes de las imágenes que llegaban a Filipinas, este importante número de talladores no estaba familiarizado con el dogma católico, las estampas sobre todo las flamencas  – que ilustraban los catecismos y otros libros religiosos- sirvieron de modelos para estas esculturas aunque modificando el material en el que trabajaban. Estos modelos pudieron ser los grabados flamencos de Marten de Vos y de otros artistas. 
Tallaban el marfil en lugar de la madera, ejerciendo una  labor artesanal anónima, pues no nos ha llegado referencia de autores de este  fino trabajo.  Pero dado el valor del marfil,  un material de lujo y de alta estima, significaba prestigio, poder económico y social para su poseedor
Los orígenes del Parián de Manila (mercado) se remontan  a la segunda mitad del siglo XVI, cuando un número creciente de chinos comerciantes y con oficios decidieron instalarse permanentemente en Manila. Estos tratantes eran conocidos como sangleyes.



Con el propósito de que todos ellos tuvieran un albergue definitivo y no anduvieran dispersos por la ciudad, el gobernador Gonzalo Ronquillo  Peñalosa ordenó en 1581 construir una alcaicería o Parián. Dicha jurisdicción o barrio se ubicó dentro de la ciudad, y en el quedaron concentradas las viviendas, talleres y comercio de los orientales, sometidos al control de un alcalde mayor de origen español. 
Pudo ser en este Parián de Manila o en algunos de estos mercados  creados en México y más concretamente en el Parián de Guadalajara, donde pudo ser adquirido  el Cristo filipino que nos ocupa.

LA DONACIÓN DEL CRISTO PARA LA  FUNDACIÓN DE UNA CAPILLA  EN EL  CONVENTO

Retrato el Dr. Camacho cuando era arzobispo de Guadalajara (México).

El Cristo hispano filipino es un regalo del que fuera arzobispo de Manila y después de Guadalajara  doctor don Diego Camacho y Ávila (1695-1712)  a su hermano don Francisco Camacho y Ávila, racionero de la Catedral de Badajoz, éste lo destinaría  junto con otras piezas enviadas: “un Cristo de marfil con su peana y demás piezas que componen la cruz  que venía de camino desde Méjico para España”  para el adorno de la capilla, que éste había mandado edificar en la iglesia conventual de Carmelitas de Talavera la Real.



EL GALEÓN DE MANILA Y LA FLOTA  DE INDIAS
El Cristo filipino  hizo un largo recorrido desde las islas  Filipinas hasta llegar al convento de Talavera. En una primera etapa siguió  la ruta de navegación que se conoce como el galeón de Manila, de Acapulco o la nao de China; ha sido entre todas las empresas navieras, la que más larga vida ha tenido. Iniciada en 1565, transcurrió hasta 1815, doscientos cincuenta años sin faltar uno solo, navegaron cada año uno o dos galeones. El tiempo normal de este viaje era de unos seis meses, aunque en ocasiones si los vientos eran favorables podían llegar a realizarlo en cuatro o por el contrario si eran desfavorables se tardaba hasta un año.

Galeón de Manila 

En una segunda etapa,  las mercancías provenientes de las Filipinas, eran transportadas a lomos de caballerías de Acapulco a Veracruz atravesando el país de México desde el  océano Pacífico al Atlántico




 Y finalmente, la llegada a España de personas y mercancías se efectuaba gracias a la conexión con la Flota de Indias, eran embarcadas desde Veracruz  hasta los puertos españoles de Sevilla o Cádiz. 

DESCRIPCIÓN DEL CRISTO DEL CONVENTO DE CARMELITAS
El Cristo  es clasificado  como hispano-filipino de finales del  siglo XVII,  y se revelan en él  un conjunto de influencias artísticas que lo llenan de contenido. Una escultura tallada en un marfil de gran calidad que se aprecia en la textura y flexibilidad, perceptible en la manera de tallar las distintas partes de la anatomía del crucificado




Es un  Cristo moribundo de bulto redondeado y, como las piezas del siglo XVII,  lleva tallado en  marfil tanto el cuerpo, los ojos, cabellera, barba y paño de pureza. 
Las medidas del  Cristo  desde la cabeza a los pies son de 45 cms. de largo por 38,5 cms. de apertura de brazos  y las medidas de la cruz, en el madero vertical son de 79 cms. y en el horizontal de 51,5 cms. 




La cruz se enmarca dentro de los cánones de la escultura de marfil oriental, tratada a modo de tronco arbóreo  de color oscuro,  realizada probablemente en madera de ébano, con incrustaciones de otra madera de color rojo. En la parte posterior de la Cruz se aprecian taladros de  antiguos  ataques de  xilófagos. En la  cartela aparece el acrónimo   INRI (Jesús de Nazaret, el  rey  de los judíos)  pintado sobre   tabla oscura de madera. El crucificado es fijado mediante tres clavos, dos en las palmas de las manos y el tercero que atraviesa ambos  pies. 




La anatomía general de la figura rompe con la rigidez de los modelos filipinos al uso inspirándose en los europeos. El perfil general del Crucificado es definido por la estilización del torso y de las extremidades inferiores, se adapta a la curvatura del colmillo del elefante empleado como soporte escultórico, incurvación más acentuada en los Cristos de mayor tamaño.





La cabeza plácidamente reclinada a la derecha. En el grupo de los crucificados moribundos, el pelo  se encuentra dividido y,  se deja caer hacia ese lado derecho  una parte de su cabellera,  que desciende vertical  y sinuosa sobre su pecho, la otra parte peinándose hacia atrás por el lado contrario  permite la visión de la oreja izquierda.  Está sin la corona de espinas, habitual en los Cristos moribundos.





El rostro con   la frente despejada, aunque atenuadas, presenta claras tendencias  orientalizantes. Destacan los ojos con párpados caídos y abultados, arcos ciliares altos, con la conocida incurvación del rabillo del ojo de raíz oriental. La nariz alargada, recta, con las aletas bien señaladas. La boca, muy abierta, permite ver la lengua y dientes superiores y el bigote, de largas guías, limita en la barba bífida que se abre en dos puntas típica de los Cristos expirantes del siglo XVII.




Los brazos se confeccionan  aparte y se acoplan al tronco  a través de la axila Se aprecia la línea de unión entre ambas partes del cuerpo, en el lado izquierdo ya hay una cierta separación entre las partes. 




El cuerpo es una pieza bien tallada, en la que sobresale la suavidad con la que se trabaja el material del vientre, confirmando un perfecto conocimiento de la anatomía humana por parte de su realizador. En cuanto al tórax destacan los músculos pectorales y el contorno de  las costillas suavemente modeladas





La pierna derecha se desplaza lateralmente, provocando que su rodilla converja hacia la izquierda, del mismo modo que el pie derecho se clava y monta sobre el siniestro. Esta disposición de una pierna sobre la otra también predomina en la eboraria del setecientos. 
Se observa la restauración la  de la pierna derecha, rotura que se ocasionó con motivo de la salida del Cristo para una exposición. También las puntas de los dedos de pies y  manos  están parcialmente rotas.




El paño de pureza (perizonium) se considera en estas esculturas un elemento definitorio de la época a la  que pertenecen, al variar en voluptuosidad y tamaño. 
En este caso nos encontramos con un perizoma  que se envuelve a la altura de la pelvis, sujeto a la cintura por trenzada cuerda, de elegante y minucioso plegado, tras formar un pliegue anudado sobre la cadera, cuelga del lado derecho de la escultura, se entreabre  para dejar ver el desarrollo de la pierna. 





La policromía se ha reservado para zonas bien concretas: cabellera, barba, y sangre. La sangre aparece en el cuello,  pecho, espalda y en largos regueros que brotan  de los orificios de los clavos y del lugar de la lanzada en el costado, utilizando pincel y pintura roja para tal menester.
.Por lo demás, el color natural del marfil, recorrido por finísimas vetas y un  suave patinado por el devenir del tiempo, le brinda al cuerpo desnudo un  tono macilento y brillo  marmóreo. 





BIBLIOGRAFÍA

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Grupo de Coros y Danzas “Luís Chamizo”
Sección de Investigación de la Historia y Folklore
Autores: Antonio Gómez y Cristóbal Cansado.